lunes, 17 de septiembre de 2012

Dime


Dime

pinche carcelero

entre tus llaves

¿hay alguna para abrir flores?

¿crees que si no se te acerca

ningún  pájaro

todos están enjaulados?

¿o que cerrando los ojos

y las puertas

cierras el venero de las primaveras?

¡Pobres mañanas!,

¡qué grises serían

si fueras tú el encargado de abrirlas!

He agotado ya

los trámites para un amanecer:

he ido desde el puño crispado

hasta la mirada oblicua

y sólo he estrujado el aire

de tu minuciosa y ridícula malignidad

pero,

¿sabes qué significan

esas virutas de sol

sobre este follaje de sombras?

No encabronan

tu mirada aceitosa

ni tu andar domesticado.

Lo que encabrona

es que un barrote como tú

pueda andar por ahí

esparciendo miradas

como si de veras comprendiera

la alegría de los pendientes

y la reverencia de los árboles.

Pero a ti

a los de tu estirpe

a los de la hermandad del flato

sólo les queda el placer

del acoplamiento de metales

el regocijo enfermo

de acariciar orificios de candados

y ondularse maricones

con el penetrar morboso

de las llaves.

 

Agustín Hernández R.

martes, 14 de agosto de 2012

Testimonios del 68


Me gusta octubre; es el mes del año que más me gusta. El aire es tan transparente que la ciudad se arrellana como en una cuna de montañas, las calles desembocan en los volcanes morados, azul oscuro, afelpado de pronto —como si pudiera yo extender la mano, tocarlos y mi mano se hundiera en lomos aborregados, tibios, calientes bajo el sol de octubre; un sol que todavía calienta. .. Desde aquí no se ve nada, sólo barrotes verdes con las púas que regresan hacia nosotros, sólo la lámina verde de las celdas cerradas. Pero huele a octubre, sabe a octubre —ahora en 1969—, y trato de pensar que este octubre nuevo se llevó al de 68, antes de que todos muriéramos —porque nosotros también morimos un poco— en la Plaza de las Tres Culturas.
• Ernesto Olvera, profesor de Matemáticas de la Preparatoria 1 de la UNAM

sábado, 7 de julio de 2012

YO NO QUISIERA SER DE AQUÍ


Yo no quisiera ser de aquí.
Amo, con todo lo que soy, este suelo y su gente.
Por eso mismo, sufro de manera atroz.
Por eso mismo, me duele hasta el aire que pasa.
Por eso mismo, no quisiera estar aquí.
No quisiera ser de aquí. 
No quisiera amar tanto a este país, a esta gente.
El amor se me tranforma en dolor. Y eso no es justo.
El amor ha sido siempre alegre, constructivo, sinónimo de felicidad, y de optimismo.
Yo amo a mi país. Y es un amor triste, impotente, infeliz, que me duele,
que todos los días tiene nuevas llagas, que siempre está más y más crucificado.
Veo su mapa cercenado, una y otra vez.
Veo su historia de burlas crueles, sangrientas.
Veo su geografía amenazada por el planeta.
Veo a sus moradores misérrimos, ignorantes, raquíticos, hambrientos.
Veo su suelo ubérrimo, inútilmente ubérrimo, para la mayor parte de sus habitantes.
Veo su violencia, progresiva, galopante.
Veo, siento, vivo su tragedia incesante. Y me duele.
Me duele tanto como me duele decir: "Yo no quisiera estar aquí",
"yo no quisiera ser de aquí".
Porque ser de aquí es una enfermedad incurable. Uno se va, y entonces la nostalgia.
Uno se va, pero las noticias lo persiguen,
los ojos buscan siempre un algo de aquí, la distancia castiga.
Uno se va. Pero aunque se vaya, no se va: uno anda llevando su Guatemala adentro,
como un amado cáncer, como una idea fija, como un verde corazón que siempre
duele al palpitar y que palpita siempre.
Yo no quisiera estar aquí. Yo no quisiera ser de aquí.
Y aunque me duele el dolor del mundo, perdóneseme,
pero me duelen menos otros países que éste.
Me voy a veces. Me meto en un libro y me voy.
Tomo un pasaje de canción o recuerdo y me voy.
Escribo una carta, me meto con ella en el sobre, me pongo en el correo y me voy.
Pero dura muy poco mi viaje: desde adentro de mí mismo país
-éste pequeño y cruel país-, se me hace presente, me sangra, me duele.
Cuánto amor en el dolor. Cuánto dolor en el amor.
Qué dura eres, Guatemala.

Manuel José Arce